Pensamiento social

Historia del Pensamiento Social y la Sociología

La Sociología y el Barón de Montesquieu


  • José Anazagasty Rodríguez
  • Sociólogo

Charles Louis de Secondat, Barón de Montesquieu, presentó en 1748 una doctrina de separación de tres poderes —ejecutiva, legislativa y judicial—muy discutida por los historiadores del pensamiento social y político de la modernidad.  Su tipología de los estados y regímenes también ha sido muy discutida. Sin embargo, sus contribuciones al pensamiento sociológico apenas han sido examinadas. Para Salvador Giner 1999 [1967]) “la continuidad del enfoque sociológico de la realidad sólo comienza con Montesquieu.” Esto lo convierte en uno de los precursores más importantes de la sociología o acaso uno de los fundadores de esa disciplina moderna.  

Barón de Montesquieu

Barón de Montesquieu

Su enfoque sociológico era también histórico. Su visión del cambio social o de la historia era distinta y algo más compleja que la visión de muchos de sus contemporáneos, una combinación de una visión lineal y simultáneamente cíclica de la historia (Macfarlane 2013). Pensaba, como muchos otros pensadores de su época, que las sociedades evolucionaban, cambiaban, y se hacían más complejas, sobretodo en términos materiales y tecnológicos. No obstante, Montesquieu se resistía a la idea de que inevitablemente las sociedades progresaban o avanzaban moralmente.

A pesar de su relativa distancia de la idea ilustrada del progreso, Montesquieu si compartía con otros pensadores de su época la idea de una historia regida por leyes profundas o latentes que el pensador social debía dilucidar. Suponía asimismo que la sociedad, como su historia, estaba regida por leyes, por una racionalidad inmanente. Por ende lo humano, su historia y sociedad, estaba sujeto al estudio racional. Y su enfoque sociológico era positivamente racional y moderno.

El análisis racional de aquella racionalidad innata de la  sociedad y su historia tenía como propósito esclarecer las leyes o causas generales que la determinaban, lo que Montesquieu muchas veces llamó “la naturaleza de las cosas.” Para él, era tarea del intelectual revelar esas causas generales, las que no siempre podían observarse directamente. Es una posición similar a la de los sociólogos y antropólogos estructuralistas clásicos, incluyendo la de los funcionalistas-estructuralistas. Otro aspecto en el acercamiento de Montesquieu que sentaría las bases para el estructuralismo es que el mismo era relacional. Para Montesquieu todo fenómeno social estaba relacionado a otros fenómenos y entender cada uno requería hacerlo en términos de su relación a otros fenómenos. Montesquieu subrayaba las relaciones entre distintas entidades, relaciones que describía como estables y duraderas, características aún hoy usadas por los sociólogos para describir las estructuras sociales. Esto requería de un método holístico, un estudio desde la totalidad típico también de la sociología estructuralista. Para Montesquieu la idea era encontrar el “espíritu” que gobernaba o regulaba las relaciones, su naturaleza, sus causas generales (Macfarlane 2013).   

Otro aspecto muy sociológico de Montesquieu era su determinismo. El determinismo es una doctrina que sostiene que todo acontecimiento físico, incluyendo la actividad social, están causalmente determinados por la perenne sucesión de causas y efectos. Desde esa perspectiva determinista el estado existente y presente “determina” en algún sentido el estado por venir, el futuro. Para muchos pensadores de la era moderna, Montesquieu entre ellos, el medio físico—ambiente, clima y geografía—determinaba los fenómenos y actividades sociales e inclusive a los individuos mismos. Si bien hoy el determinismo geográfico carece de validez es importante señalar que con este Montesquieu registraba el hecho de que los fenómenos sociales son producto de un complejo conjunto de factores, incluyendo factores ambientales (Giner 1999 [1967]). Si bien hoy se reconoce su importancia muy pocos sociólogos tratarían esos factores como factores determinantes y definitivos de la actividad social.

Montesquieu no solo reconoció la relevancia de los factores ambientales sino además que dirigió la atención a una serie de variables que siguen siendo de interés para la mayoría de los sociólogos: el volumen de la población, la organización del trabajo, la migración, el comercio, y la religión (Giner 1999 [1967]). El acercamiento “sociológico” de Montesquieu, como lo sugiere su crítica moral,  estaba además guiado por motivaciones normativas, una preocupación por la moral que también motivaba a varios de los primeros sociólogos, entre ellos a Eugenio María de Hostos y Harriet Martineau.  

Finalmente, y en su intento por entender la historia humana y sus leyes Montesquieu desarrolló una serie de métodos o técnicas que sentaron las bases de las ciencias sociales y que por supuesto contribuirían también a la historiografía. Primero, su método era enteramente comparativo, produciendo lo que hace un tiempo se llamaba la sociología comparada, la comparación de procesos sociales en diferentes sociedades (Macfarlane 2013; Giner 1999 [1967]). Montesquieu estaba particularmente interesado en la comparación de los sistemas políticos o estados. Eventualmente, sociólogos como Comte y Durkheim, entre otros, subrayarían la importancia del método comparativo. Segundo, sus métodos estaban fundamentados en los tipos-ideales, más adelante renovados por el sociólogo Max Weber (Macfarlane 2013). Los tipos ideales son un instrumento conceptual para establecer los rasgos esenciales de los fenómenos sociales. Estos modelos esencialistas permiten examinar fenómenos sociales concretos, que tanto se acercan o se alejan los fenómenos concretos y reales de los rasgos esenciales o ideales del tipo-ideal. Lo más importante de estos tipos-ideales es que facilitan las comparaciones, fundamentales, como ya dijimos, a la sociología de Montesquieu.  Tercero, y como muchos de los sociólogos clásicos del siglo diecinueve, el método de Montesquieu era deductivo procediendo lógicamente de lo universal (o al menos general) a lo particular (Macfarlane 2013). Las observaciones empíricas de Montesquieu y su análisis las realizaba para demostrar principios o postulados lógicos y racionales.

Es por todas las razones mencionadas que el Barón de Montesquieu es considerado uno de los fundadores de la sociología o al menos uno de sus más importantes predecesores. 

*Preparado para el curso Historia del Pensamiento Social enseñado junto a Mario R. Cancel.

 

Referencias

Giner, S. (1999[1967]). Historia del Pensamiento Social. España: Ariel.

Macfarlane, A. (2013). Montesquieu and the Making of the Modern World. CreateSpace Independent Publishing Platform.

 

 

septiembre 10, 2013 Posted by | Barón de Montesquieu, Determinismo, Determinismo geográfico, División de poderes, El espíritu de las leyes, Historia del pensamiento social, Ilustración, Pensamiento ilustrado, Racionalismo, Salvador Giner | , , , , , , , , , | 1 Comentario

La Relación entre Discursos Sociales e Ideologías


  • José Anazagasty Rodríguez
  • Sociólogo

El discurso social expresa valores y creencias sociales, pronuncia el apoyo o rechazo directo o indirecto de los intereses de grupos e instituciones particulares, y ocupa una posición en la economía de los discursos de un momento histórico dado. También envuelve formas de conocer y representar el mundo. Además, sirve como modelo o fórmula para diversos actores discursantes. En vista de ello todo discurso, particularmente el discurso sobre lo social,  es más o menos ideológico.

Una ideología, en un sentido amplio, se refiere a las bases de las representaciones sociales compartidas por los miembros de uno o más grupos.  O como la define Stuart Hall (en van Dijk 1998), conocido experto en estudios culturales, a los marcos mentales –categorías, imágenes y sistemas de representación—que diferentes grupos y clases sociales movilizan para darle sentido, figurar o hacer inteligible los modos en que opera la sociedad. Claro, que como añade Teun A. van Dijk (1998), especialista en discursos, las ideologías también regulan y disciplinan las prácticas sociales, de paso normalizando y justificando relaciones de poder.  Esto sugiere el carácter ideológico del discurso y pensamiento social, pues es precisamente un esfuerzo por explicar, plasmar y hacer perceptible los modos en que opera la sociedad y propone formas de ordenarla o regularla.

Ideologías

Ideologías

Por su parte, el crítico literario Epifanio San Juan (1995), inspirado en la definición althusseriana  de la ideología según trabajada por Pierre Macherey,  la define como un sistema de representaciones inconscientes, prácticas e instituciones por las cuales los individuos viven sus relaciones con sus circunstancias históricas y sociales, experiencias expresadas  a través de la fantasía. 

El pensamiento social o el discurso social no es la excepción. El mismo involucra no solo vivencias sino que también envuelve ficciones. Esto sugiere que debemos hacer con el pensamiento y discurso social lo mismo que recomendara Michel de Certau (1997) con la Historia: reconocer lo que reprime, su carácter literario. Y como dijera el propio de Certau, citando a Jeremy Bentham, el discurso ficticio podría estar más cerca de lo real que el discurso objetivo.

Volviendo a Epifanio San Juan, podemos plantear que el texto, un discurso materializado, es producto de una praxis (reflexión más acción), de un trabajo cuya materia prima son los elementos de las experiencias vividas y que  les proporcionan a dichos elementos una expresión estética gratificante. Dicho trabajo materializa la ideología particular del texto. Ese trabajo es entonces guiado  por un impulso artístico o estético que ensambla un conjunto de representaciones, imágenes y tonalidades,  otorgándole una materialidad y lo que Raymond Williams llamó en varios de sus escritos, una “estructura de sentimientos” que simultáneamente distancia pero localiza a sus constituyentes. Es un trabajo estético de ficción que, no obstante, se refiere a, e instituye lo real. El texto revela las relaciones complejas de varias ideologías a las circunstancias históricas y materiales que proveen a su vez las condiciones que hicieron el texto posible.  Desde esta perspectiva la ideología no puede reducirse a un mero conjunto de ideas, una falsa conciencia o un Weltanschauung (visión de mundo).

 

Referencias

de Certau, M. (1997). Heterologies. Minneapolis: University of Minnesota Press.

Macherey, P. (1978). A Theory of Literary Production. London: Routledge and Kegan Paul.

San Juan, E. (1995). Hegemony and Strategies of Transgression. New York: State University of New York Press.

 

van Dijk, T. A. (1998). Ideology. London: Sage Publications.

agosto 20, 2013 Posted by | Discurso Social, Epifanio San Juan, Historia del pensamiento social, Ideología, Michel de Certau, Pensamiento Social Contemporáneo, Pierre Macherey, Stuart Hall, Teun A. van Dijk | , , , , , , , | Deja un comentario

Los Discursos Sociales y sus Contextos


  • José Anazagasty Rodríguez
  • Sociólogo

El estudio del discurso social a través de la historia requiere, como esboza Cancel (2010) en Pensar Históricamente en Pensamiento Social,  una serie de consideraciones, entre ellas quienes comunican y para quienes es el discurso, el contenido de ese discurso, sus transformaciones a lo largo de la historia y los agentes sociales detrás de esos  cambios. Estas consideraciones apuntan hacia la necesidad de examinar la relación entre los textos y diálogos—los productos del discurso social—y todo aquello que viene con esos textos, es decir, su con-texto. Para empezar, es  importante hacerlo porque el contenido del  discurso social es acerca de lo social, una dimensión fundamental de su contexto que participa de la formación del discurso y que es a su vez más o menos  influencia por el discurso. El discurso social y su contexto se constituyen mutuamente. Es decir, el contexto tiene efectos sobre la producción y reproducción del discurso social a la vez que ese discurso, ya como texto escrito o hablado o en la forma de algún artefacto cultural, tiene un impacto sobre el contexto social. También es importante porque el discurso social es, como todo discurso, un evento social, un evento comunicativo que envuelve la interacción entre habladores y audiencias.    

Diálogos

Diálogos

Examinar el contexto del discurso social es definitivamente importante. Sin embargo, dicho análisis demanda precaución. Eso es precisamente lo que recomienda el historiador intelectual Dominik LaCapra (1982) para quien apelar al contexto podría ser ilusorio. Para él, el estudio riguroso de esa relación requiere que no asumamos que la relación entre un texto y su contexto sea transparente sino que la argumentemos y expliquemos. Segundo, insiste ese historiador, debemos reconocer la multiplicidad de contextos presentes en un texto o dialogo. Debemos no examinar la relación entre el texto y un contexto abarca-todo, sino más bien una compleja relación entre el texto y varios contextos, todos interactuando entre sí.   Estos contextos son intenciones, motivaciones, sociedad, cultura, corpus, y estructura.

El primero se refiere al estudio de  la relación entre un texto y las intenciones de su autor, un estudio que no debe asumir una correspondencia o equivalencia absoluta entre esas intenciones y el contenido del texto.

Otro contexto importante es la vida e historia del autor, su biografía. Examinar la relación entre el texto y la biografía del autor no puede asumir una relación determinante, que la biografía determina las motivaciones del autor y, mediante estas, al texto. El texto no es siempre sintomático de la historia y vida de su autor.

Otro contexto importante es la relación entre el texto y la sociedad, particularmente entre el texto y las instituciones sociales, lo que implica poner atención a la ideología del texto. Pero, y como con las relaciones anteriores, nunca podemos asumir que el texto corresponda absolutamente a los intereses institucionales o ideologías particulares, que sea reflejo de estos. Esto requiere de una lectura del texto sintomática y crítica paralelamente.  

Un contexto adicional sugerido por La Capra es el contexto cultural. Además de examinar el impacto de la cultura en la producción del texto esto implica examinar la circulación del texto, entendido como un artefacto o producto cultural, en las redes culturales.  El acceso, distribución y consumo  de ese artefacto es en este respecto  fundamental. También lo son las múltiples interpretaciones del texto.  Recordemos que, a pesar de las intenciones y motivaciones del autor, el texto puede ser leído y significado de muchas formas, aun en formas no imaginadas por el autor.

Otro contexto importante es el corpus del autor, el conjunto de los textos producidos y distribuidos por este. En primera instancia esto envuelve el estudio de la relación, muchas veces enmarañada, entre los textos de un autor. Pero, la atención a esa intertextualidad envuelve también que se considere la relación entre el corpus del autor y los de otros autores. Al examinar la intertextualidad no podemos asumir continuidad absoluta pero tampoco discontinuidad total entre los textos. En muchos casos podría tratarse de una relación dialéctica, intentos por resolver alguna contradicción, argumentación o paradoja que envuelve varios textos. 

Finalmente, La Capra exhorta a examinar la relación entre el texto y los modos del discurso, que envuelve examinar las convenciones y reglas del discurso así como las estructuras de interpretación. Requiere además tomar en cuenta la relación, muchas veces conflictiva, entre el texto y los diversos géneros literarios y sus usos figurativos del lenguaje.

Para Teun A. van Dijk (1998), experto en los estudios del discurso, el contexto se refiere al conjunto de las propiedades de la situación social que son factiblemente relevantes para la producción, estructuración, interpretación y funciones del discurso como artefacto cultural, como un texto o diálogo. Dirige la atención a lo que llama “modelos contextuales”, la forma en la que los participantes de un evento comunicativo, del discurso,  entienden, interpretan y representan las propiedades del contexto o de las propiedades de la situación social. Esas propiedades o dimensiones del contexto son las siguientes: el dominio institucional o social; el género y sus convenciones literarias; las intenciones del autor; los propósitos del autor; la fecha del evento comunicativo; el lugar del evento; las circunstancias o escenarios del mismo; los accesorios y objetos relevantes; el rol comunicativo del autor (rol social y el estatus profesional u ocupacional del autor); el rol y estatus institucional del autor; las afiliaciones organizacionales; la membrecía del autor a grupos y organizaciones; los otros sociales del autor y; las representaciones sociales o colectivas (representaciones compartidas). 

En todo caso, el estudio profundo y sistemático de los contextos de un texto, de todo aquello que viene con el texto,  nos ayuda a entender mejor las variaciones y diferenciaciones de un discurso, del discurso social en nuestro caso, siempre y cuando nos tomemos el trabajo de explicar y no simplemente asumir la relación.  

Referencias

Cancel, M. (2010). Retrieved August 18, 2013, from Pensamiento Social: http://historiasociologia.wordpress.com/2010/09/26/pensar-historicamente-pensamiento-social/

LaCapra, D. (1982). Rethinking Intellectual History and Reading Texts. In D. LaCapra, & S. L. Kaplan (Eds.), Modern European Intellectual History (pp. 47-85). Ithaca: Cornell University Press.

van Dijk, T. A. (1998). Ideology. London: Sage Publications.

 

 

agosto 20, 2013 Posted by | Discurso Social, Dominik LaCapra, Historia del pensamiento social, Mario R. Cancel, Pensamiemto Social Contemporáneo, Teun A. van Dijk | , , , , , | Deja un comentario

El vitalismo y el pensamiento social (Parte II)


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

El Vitalismo es la expresión más acabada de la reacción antipositivista que maduró a fines del siglo 19 en occidente. El historiador cultural alemán George L. Mosse (1918-1999) sostenía que  la transición del siglo 19 al 20 se caracterizaba por un retorno al irracionalismo y por el afianzamiento de la desconfianza en la Razón y la Ciencia. En aquel proceso, el Romanticismo y el Cristianismo, había juagado un papel determinante  fueron determinantes. Mosse utilizó la metáfora de que las “certezas estaban esfumándose” o disolviéndose para singularizar una era dominada por la incertidumbre. Para el intelectual alemán, “el resultado fue una búsqueda…de autoridades y de alguna esperanza más allá de la realidad de los hechos”, o sea, más allá de lo positivo. La crisis de la Gran Guerra (1914-1918), no hizo sino reafirmar aquella tendencia hasta desembocar es una nostalgia conservadora e incluso reaccionaria que soñaba con el retorno a una época de estabilidad que en literatura se concretó en el movimiento Neorromántico.

Henri-Louis Bergson resultaría ser un pensador modelo para comprender aquel proceso. Su punto de partida es que la Metafísica (Filosofía), no puede ser absorbida por la Física (Ciencia Natural). Su Vitalismo deriva del principio de que la vida no es un hecho positivo fijo sino un fluir. Tras aceptar ese argumento, concluye que la misma no puede ser apropiada por el Positivismo, el Materialismo o la Ciencia Natural por el hecho de que todas esas propuestas dependen de la Razón que tiende a petrificar el conocimiento. La vida sólo se apropia cuando se comprende en su contingencia. Para Bergson, la vida y el Ser son una experiencia personal e íntima que solo puede apropiar la Metafísica. Los paralelos entre esta propuesta y la interpretación de Martin Heidegger (1886-1976) sobre el Ser me parecen obvios. Heidegger es un teólogo católico, naturalista y filósofo alemán. Para este pensador, el Ser / Sein no es una cosa acabada (petrificada) sino un proceso de construcción (fluir): un Siendo / Dasein.

 

El Tiempo

Por otro lado, Bergson acepta que el tiempo no es uniforme y distingue entre dos tipos distintos del mismo. Por un lado, está el Tiempo Histórico o Científico: se trata de una concepción matemática como si se tratara de una línea dibujada sobre una superficie. Se trata de un tiempo homogéneo, estandarizado y cuantificable en  siglos, decenios, años, meses, días, horas, segundos. Para Bergson, el Tiempo Histórico o Científico tiene el carácter de un referente: es una ilusión que nos ubica es un lugar de esa línea imaginaria.

El Tiempo Puro o la Duración Real, sin embargo, no corresponde a aquel, no es homogéneo pero eso no significa que sea heterogéneo. A este tiempo lo sentimos como un flujo de estados que se disuelven el uno en el otro. Ese proceso de disolución forma un proceso indivisible. Ese tiempo se siente, es una sensación que nos ubica dentro de una acción o un acto.

Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche

La “vida social o histórica”, lo que interesa a historiadores y sociólogos, se da en el Tiempo Histórico o Científico, pero la “vida” se da en el Tiempo Puro o la Duración Real. La conclusión inevitable es que  la “vida”  y “vida social o histórica”, no son la misma cosa y no deben confundirse. La Historiografía y la Sociología servirían para comprender la “vida social o histórica”, pero serían  inútiles para comprender la “vida”. Para Nietzsche, la Historia Historizante, según denominaba aquella que fraguan los historiadores,  no explica la vida: su propuesta antihistoricista es una de las bases del pensamiento postmodernista. El antihistoricismo de Nietzsche lo condujo a conclusiones radicales hasta el punto reconocer e que “un exceso del estudio de la Historia perjudicial a la vida”. La implicación de que la “vida” y la “historia” no son la misma cosa y que la “historia” no podía ser una maestra  para la “vida” chocaba con los valores occidentales. De hecho, si la “vida” no se explica por la “historia”; la “historia” si podía ser  explicada por la “vida”. Quede claro que la reacción al historicismo no fue un asunto limitado a filósofos.

Esta concepción dual del tiempo en Bergson tiene antecedentes en el pensamiento cristiano. Recuerda las observaciones de Agustín de Hipona (354-430 DC) para quien el tiempo era trinitario. Para el Padre de la Iglesia, una cosa era la Aeternitas, otra el Aevum, y otra el Tempus. Cada una correspondía respectivamente al tiempo de Dios que era eterno, el de los Ángeles y Demonios que era infinito, y el de los Hombres que era finito e histórico. También sugiere la noción de las duraciones larga, media y corta que Fernand Braudel (1902-1985) historiador francés de la Nueva Historiografía Social, impuso a principios del siglo 20.

En Bergson, la  concepción del tiempo le sirve para cuestionar las interpretaciones deterministas. El Determinismo -me refiero al principio de que todo efecto tiene su causa- servía, desde su punto de vista,  para interpretar situaciones en el contexto del ilusorio Tiempo Histórico o Científico. En la práctica, dicho procedimiento dejaba la impresión de que lo ocurrido, no hubiese podido ocurrir de otro modo. El determinismo legitimaba el acontecer de una manera burda, al negar la posibilidad de libertad de escoger de entre una diversidad de opciones. La sensaciópn de impotencia ante el acontecer debía ser enorme y el ser humano se reducía a la condición de un autómata. El Determinismo, sin embargo, no servía para comprender el Tiempo Puro o la Duración Real, porque en ese marco el ser humano tenía la posibilidad o la libertad de elegir. La elección no era producto de un imperativo racional o siquiera moral: la elección era espontánea, acorde con el “instinto”. La quiebra del principio del determinismo representa una revolución gnoseológica enorme.

 

El ser humano y la memoria

Bergson, por último, acepta que el ser humano es dual: es Mente y es Cuerpo. La Mente es más que actividad cerebral eléctrica y a través de ella apropiamos o construimos al Yo y al Otro. Al Otro lo construimos a través de la percepción, lo que resulta  es una representación que se elabora después de múltiples situaciones fluyentes que nunca se petrifican. Al Yo lo construimos a través de la sensación que es la forma en que percibimos el Tiempo Puro o la Duración Real.

El valor fundamental de la Mente es que se trata del órgano de la memoria: un atributo de los todos los organismos vivos. Pero Bergson distingue dos tipos de memoria. Primero, la memoria sensorial que graba los hábitos adaptativos y automáticos que practicamos y que es común a los animales y los seres humanos. El concepto sugiere el habitus  del sociólogo francés Pierre-Félix Bourdieu (1930-2002). Segundo, a memoria pura que es exclusiva de los seres humanos. El cerebro es concebido como  un filtro que permite que un recuerdo surja naturalmente cuando es necesario para algo concreto. Para Bergson, el cerebro está diseñado como una máquina para olvidar, no para recordar. Para un historiógrafo de fines del siglo 19, aquellas posturas debieron resultar intelectualmente amenazantes. Pero al llegar a este nivel, el pensador ha salido de los límites, si alguno, de la Historia y la Sociología y se encuentra está en campo abierto de la Sicología.

diciembre 6, 2012 Posted by | Agustín de Hipona, Determinismo, Elán Vital, Fernand Braudel, George L. Mosse, Henri-Louis Bergson, Historia del pensamiento social, Historicismo, Martin Heidegger, Memoria, Pierre-Félix Bourdieu, Positivismo, Postmodernismo, Tiempo | , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

El vitalismo y el pensamiento social (Parte I)


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia y escritor

El Vitalismo es una doctrina científica y  filosófica sobre la naturaleza de los organismos vivos. En cierto sentido, su preocupación central es aclarar la naturaleza de la vida. El objetivo del Vitalismo Científico es  establecer lo que distingue un organismo vivo de otro que no lo es. El

Vitalismo Filosófico, por otro lado, partía de premisas distintas a las de las Ciencias Naturales y, en términos generales, representa una reacción al Materialismo, el Positivismo y el Determinismo, los pilares de la cultura científica moderna. Sobre la bases de esas actitudes, el Positivismo Filosófico cuestiona el Historicismo y las Ciencias Sociales y  pone en duda el conocimiento que las mismas producen sobre el ser humano.

La respuesta que ofrece el Vitalismo al problema de la vida es eminentemente metafísica. Su premisa esencial es que la vida está animada  por una “entidad sustancial”. Una “entidad” es un “ser”, es decir, algo que es y existe. La condición de “sustancia”, desde la Física de Aristóteles, vale por “fundamento”, y sugiere “lo que está debajo”, lo que “permanece” o “no cambia”. Una sustancia es “real” y “universal”, pero su expresión concreta  es “diversa”, “contingente” y “cambiante”. Un modelo para comprender este argumento podría ser la guerra: la guerra es una sustancia, pero  su expresión en las guerras concretas son contingentes. Del mismo modo, la vida es una sustancia, pero  las vidas concretas son contingentes.

Henri-Louis Bergson

Henri-Louis Bergson

El Vitalismo Científico y Filosófico denominó a esa “entidad sustancial” de varios modos. El Vitalismo Científico la nombré “Fuerza vital”, como es el caso de Claude Bernard (1813-1878), biólogo teórico, fisiólogo y médico; “Fuerza dominante” según Johannes Reinke (1849-1931), botánico y filósofo; o “Entelequia” si pienso en Hans Driesch (1867- 1941), biólogo y filósofo. El concepto “entelequia” alude, siguiendo a Aristóteles, a una causa final que hace que una cosa camine hacia la perfección, por lo que no resulta difícil asociarlo a la imagen de Dios. El Vitalismo filosófico la nombró como “Impulso Vital”, si sigo a  Ralph W. Emerson (1803-1882), filósofo estadounidense, cristiano y panteísta que creía que todo estaba relacionado con Dios o este se expresaba en toda la creación; o “Élan (Fluir) Vital”, como la denominó Henri L. Bergson (1859-1941) el filósofo francés. Las dos líneas de pensamiento convergen en que la “entidad sustancial” actúa sobre la materia organizada y la anima dándole al organismo poderes o capacidades que no puede expresar un organismo inanimado. La muerte, el opuesto de la vida, sería la pérdida de esa “entidad sustancial”.

El tema central del Vitalismo filosófico es definir el carácter de la “entidad sustancial”. Para comprender lo que es ese concepto se procede por definición negativa, o sea, se aclara los que el concepto no es. Los Vitalistas establecen que no equivale a la “energía” de la que habla la física, y que tampoco puede identificarse con una serie de “reacciones químicas” combinadas. Identificarla con ello,  equivaldría a aceptar explicaciones mecanicistas para un proceso profundamente complejo.

Para el Vitalismo Filosófico, la vida es más que física, biología y química, por lo que  no puede ser explicada por las Ciencias Naturales por lo que no puede ser reducida a categorías que sean extrañas a ella: lo orgánico (vivo) no puede surgir naturalmente de lo inorgánico (no vivo). Una deriva interesante de aquella argumentación es que, dado que las categorías de la Sociología y la Historia  en el marco del Positivismo y el Historicismo procedían de las Ciencias Naturales y eran también ajenas a la vida, tampoco servirían para explicarla. Para ver la relación de ambos discursos, hay que tomar en cuenta que la pregunta que se formula el Vitalismo no es sociológica ni histórica. Consecuentemente, la respuesta que da al problema  tampoco lo es.

El Vitalismo Filosófico: tendencias a fines del siglo 19 y principios del siglo 20

La primera interpreta la vida en el sentido biológico. Subraya el papel del cuerpo, los instintos, lo irracional, la naturaleza, la fuerza y la lucha por la subsistencia en el comportamiento histórico y social. Si bien su mejor modelo puede ser el pensador alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), tiene numerosos antecedentes en la historia cultural de occidente. Tucídides y Jenofonte, historiadores de la guerra de origen griego del siglo 5 AC, entendían la historia y la sociedad como guiadas por figuras dotadas de una notable la “Voluntad de Poder” entendida como una fuerza interior instintiva, y el “Azar” o la “Fortuna”, entendida como una fuerza exterior que retaba a la otra en una constante agón o lucha. Del mismo modo, el Gnosticismo, sistema especulativo desarrollados entre los siglos 1 al 4 DC, si bien reconocía el valor del pensamiento racional, legitimaba el conocimiento que se adquiría a través de la observación y la experiencia, es decir, el saber intuitivo o instintivo. El Gnosticismo creía que el conocimiento de Dios y del mundo -la sociedad y la historia- tenía en el yo el punto de partida, una fuerza interior. El humanista del siglo 16, Nicolás Maquiavelo, llegó a conclusiones similares en el marco del Realismo Político cuando interpretaba a la “Fortuna” o el “Azar”, como una fuerza que podía ayudar al ser humano a cambiar la Providencia de Dios y romper el determinismo dominante.

Para otros vitalistas, como Bergson, el Instinto o la Intuición es un modo de conocimiento incluso más profundo que la Razón, de modo que el conocimiento más perfecto y confiable sería de naturaleza intuitiva pues traduciría  el “Élan (Fluir) Vital”,  la “entidad sustancial” de una manera más exacta. La Razón no es capaz de capturar el “fluir”, y por el contrario, lo petrifica y lo cosifica.

Por último, están aquellos vitalistas que ven la vida en el sentido biográfico e histórico, como un conjunto de actos dados en el tiempo y el espacio, que incluye experiencias privadas y públicas, sociales e históricas. Está propuesta ha sido relacionada con  José Ortega y Gasset (1883-1955); y con la concepción del sentido del agón o la lucha en Miguel de Unamuno (1864-1936): dos pensadores de la España de la  Generación del 1898, un momento de crisis para la hispanidad.

diciembre 6, 2012 Posted by | Determinismo, Elán Vital, Fortuna, Friedrich Nietzsche, Henri-Louis Bergson, Historia del pensamiento social, Historicismo, Nicolás Maquiavelo, Pensamiento Social Romano, Positivismo, Postmodernismo, Vitalismo Científico, Vitalismo Filosófico | , , , , , , , , , , , , | 1 Comentario

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