Pensamiento social

Historia del Pensamiento Social y la Sociología

Pensamiento Social del Siglo XVI


Sobre el humanismo cívico, la escolástica contra-reformista y  derecho de gentes
  • José Anazagasty Rodríguez
  • Sociólogo

El Renacimiento significó un brote de entusiasmo acerca de las posibilidades del ser humano, especialmente durante el siglo 15. Pero en el siglo 16 el entusiasmo había disminuido y el Renacimiento enfrentó una crisis. Esta es la época del renacimiento tardío y/o el primer barroco (Giner 1967).

La mayor parte del pensamiento social de la época trataba el asunto de la naturaleza del Estado y el derecho natural o leyes jurídicas inherentes a la sociedad humana. De allí, plantea Salvador Giner, surgen dos tendencias importantes en el pensamiento social europeo. Una tendencia desarrolló teorías sobre el absolutismo monárquico y la otra formó teorías precursoras del pensamiento social liberal.

 

Francesco Guicciardini

 

La época estuvo también caracterizada por el reordenamiento de la Iglesia Católica, cambios en respuesta a la Reforma Protestante, un movimiento que conocemos como la Contrarreforma o Reforma Católica. Sin embargo, las críticas seculares a la Iglesia estuvieron presentes en la época. Algunos pensadores de la época, inspirados por el realismo político de Maquiavelo, contribuyeron, como este ultimo, al desprestigio de la Iglesia como entidad política supranacional. Entre ellos estaban Francesco Guicciardini, Paolo Paruta, y Giovanni Botero, exponentes del humanismo cívico. Como Maquiavelo, ambos enfatizaban las técnicas de la acción política, entre ellas el paternalismo y la retórica, en vez de la moral. También  tenían el mismo interés de Maquiavelo en la  “razón del estado.”  Pero a pesar de su entusiasmo por esos temas eran también críticos de Maquiavelo, por lo que divergían de algunas de las posiciones del autor del Il Principe.

Francesco Guicciardini, por ejemplo, pensaba, aun cuando era crítico de la Iglesia, que el poder de la misma era en aquella época simplemente insuperable. Había que esperar. Paolo Paruta, por su parte, proponía que el Estado era una entidad moral, aunque evidentemente no religiosa. Giovanni Botero, también influenciado por Maquiavelo, planteaba que la razón del estado consistía  en el conocimiento de los medios necesarios y adecuados para constituir, conservar y extender un estado. Sin embargo, Botero, educado por los jesuitas, no era tan anticlerical y cínico como Maquiavelo. De hecho, gozó de simpatía en los círculos de la Contrarreforma.  Otro humanista cívico, mucho menos maquiavélico que los ya mencionados fue Michel de Montaigne cuya obra era de orientación completamente moderna, siendo uno de los primeros teóricos del individualismo. Fue, propone Giner, uno de los precursores del pensamiento social liberal. Fomentó además el escepticismo, y con ello el relativismo cultural, y la escritura de ensayos. Su escepticismo lo llevó a cuestionar la experiencia sensorial, como lo haría Descartes eventualmente, y la razón, retando la posibilidad de acceso absoluto a la verdad, al conocimiento absoluto.

Los filósofos escolásticos trataban, desde lo jurídico,de  establecer una teoría alternativa a la propuesta por Maquiavelo y sus seguidores, además de oponerse a las ideas de los cristianos reformistas. La Reforma Protestante fracasó en varios países europeos y la Contrarreforma logró importantes victorias. Estas victorias se debieron, en gran parte, a la Compañía de Jesús, grupo fundado por Ignacio de Loyola. Los jesuitas, militantes devotos, se dedicaron a la expansión del catolicismo, emprendiendo un proyecto didáctico a favor de ese tipo de cristianismo. Se dedicaron también a la lucha contra la herejía y a fortalecer y extender el poder papal. Fueron, por supuesto, ayudados por la Inquisición Católica. Lucharon particularmente contra el jansenismo, un movimiento opuesto al humanismo e inspirado por Cornelio Jansenio, y de tendencias agustinianas, que se inclinaba, como los calvinistas, a la predestinación. Los jansenistas afirmaban que los seres humanos, después del pecado original, estaban dominados y sujetados por la concupiscencia. Desde esa perspectiva todas las acciones humanas son pecaminosas. Solo la gracia divina les permite a los humanos realizar obras y acciones buenas. Pero la gracia solo es posible si los seres humanos logran una conformidad absoluta a la voluntad divina. Los jesuitas lograron que los jansenistas fueran declarados herejes.

Los jesuitas contribuyeron mucho al reordenamiento de la Iglesia Católica. Pero fue el Concilio de Trento el que fundamentó y propició la codificación moderna del dogma y credo católico.  El concilio instituyó y reafirmó la autoridad eclesiástica en materias doctrinales, junto a la Biblia, una autoridad rechazada  por la reforma Protestante. El concilio legitimó además las indulgencias, tan criticadas por Lutero, así como la santificación y consagración mediante los sacramentos. También afirmó y legitimó el culto a los santos, visto como idolatría por los protestantes. También afirmó la existencia del purgatorio y creó una lista de textos censurados por la Iglesia, el Index Librorum Prohibitorum.

La Contrarreforma, apoyada por los jesuitas, produjo el retorno de la filosofía escolástica. Un conocido filósofo escolástico fue Roberto Bellarmino. Para él, el Papa carecía de autoridad en asuntos civiles y terrenales pero, como jefe de la Iglesia, una institución terrenal, tenía influencia, al menos indirecta, sobre el mundo laico. Su propuesta iba dirigida a adaptar la Iglesia a los tiempos nuevos, el de los estados independientes de la Iglesia,  no sin antes afirmar y justificar la independencia de la Iglesia en materia religiosa.  Claro, los protestantes, también pedían autonomía para sus iglesias, sobre todo los calvinistas.

 

Michel de Montaigne

 

Una contribución importante de la filosofía escolástica de la época fue el concepto de la soberanía popular y un sistema de teoría política basado en la ley de la razón y el derecho natural. Desde el llamado humanismo cristiano, que aseveraba que la mente humana, a pesar de su depravación  y sus vicios, podía no solo conocer sino además razonar la verdad moral, Francisco de Vitoria, fundó el derecho de gentes, el derecho internacional. Para él, la razón era el fundamento básico del derecho y la dignidad humana. Proponía que la soberanía procede el derecho natural, que se encuentra connaturalmente en todos los pueblos. No era la Iglesia quien le confería tal derecho, sino más bien el mero hecho de existir. Es el derecho inherente a existir lo que produce una comunidad política. Ese derecho debe regular y determinar las relaciones entre las diversas organizaciones políticas, como por ejemplo, la de los Estados en un contexto internacional. Ningún país tiene derecho a la conquista, guerra, invasión, etc. Francisco de Vitoria planteó además que ni el papa ni el emperador poseían el derecho al dominio mundial.

Para Vitoria el estado era soberano de por sí, por derecho natural. Esa soberanía era transferida al gobernante, quien no tenía que ser un monarca, y que era regido por las leyes de la entidad política. Ni el pueblo ni el rey podían estar por encima de la ley. La suprema potestad del estado era entonces limitada por la ley y por virtud de la ley natural. Para armonizar sus ideas con la Contrarreforma declaró que nada que era lícito por ley natural  estaba impedido por el Evangelio.

Luis de Molina, jesuita, reforzó las ideas de la soberanía popular así como la de la soberanía de la ley. Reconocía al pueblo como soberano y reconocía dos importantes actores en el estado, el pueblo y el gobernante. El primero transfería la soberanía al gobernante el que estaba sujeto a la ley natural. Intentaba con sus ideas reconciliar algunas ideas agustinianas sobre la gracia y la predestinación con algunas ideas humanistas renacentistas acerca del libre albedrío. Su posición fue rechazada por los dominicos y los jansenistas

Otro importante pensador escolástico de la contrarreforma, también jesuita, fue Francisco Suárez. Para este la ley eterna—las obras de Dios orientadas hacia afuera—lleva al bien común. La ley natural procede de la ley eterna y establece lo que es justo, así como las responsabilidades y deberes de los seres humanos. Esta suministra una medida de valor para enjuiciar las acciones humanas y los seres humanos tienen la facultad de conocer dichos valores. Suárez distinguía entre la comunidad humana en general y comunidades particulares. Esta últimas tiene un derecho positivo particular que va dirigido al bien de la comunidad. El estado debe ocuparse del bien de la comunidad pero también, en sus relaciones internacionales, del bien común de la comunidad humana en general. La autoridad de las sociedades políticas, formadas por los humanos, no era divina sino humana, la que era transferida a los gobernantes. Pero puesto que esa autoridad era humana y transferida del pueblo al gobernante, los gobernados tenían derecho a rebelarse contra los gobernantes, si estos actuaban contra ellos de forma injusta y opresiva.

Es importante mencionar a Jean Bodin, autor de Seis Libros de la República. Intentaba con aquel describir, por un lado, lo que debía ser una república bien ordenada y, por el otro lado, de construir una teoría de la vida política. Ambas cosas, una república bien ordenada y la vida política dependían, según Bodin, de la presencia de un monarca, quien estaba por encima de los partidos políticos y de las sectas religiosas.

Sus planteamientos con respecto a una república bien ordenada eran el resultado de una mezcla de las ideas del derecho natural y las ideas sobre la soberanía, conceptos tan importantes de su época.  Sin embargo, y como el pensamiento social romano, ubicaba a la familia como la unidad fundamental del Estado. La familia, pensaba Bodin, ostentaba todos los rasgos de una buena república: potestad, comunidad, economía, y territorio. El Rey, como el padre en una familia, era portador de la soberanía, el que ejerce autoridad, el que ostenta la razón. El Rey era considerado por Bodin como un actor imprescindible para una república bien ordenada. No obstante, su teoría política estaba basada en la independencia de la idea estatal. Es decir, el ente soberano no es el monarca sino el estado mismo. El Rey solo llenaba el lugar de esa potencia estatal. No obstante, debía acatarse a esa soberanía estatal, doblegarse a las leyes estatales. El soberano debía ajustarse a las leyes naturales.

En cuanto al estado Bodin proponía que su fin, la razón del estado, era la ley, el orden y la armonía. Lograrlo era solo posible mediante un poder supremo, un estado soberano. Ese poder dependía enormemente de la ley natural, aunque Bodin reconocía otros determinantes ambientales y sociales de ese poder. De hecho, fue uno de los primeros en notar la relación, compleja, entre la cantidad de bienes y la moneda en circulación, por ejemplo, entre la plata y el dinero en circulación. Fue precursor de la economía política. También estableció una relación entre la economía, la política, y el crecimiento poblacional, siendo también precursor de la demografía.

Otro importante intelectual de la época fue Hugo Grocio quien consolidó el derecho de gentes y justificó la necesidad de un derecho internacional que regulara las relaciones internacionales. Sus ideas sobre el derecho internacional estaban basadas en la idea del derecho natural e intentaba establecer leyes inmutables que debían regir las relaciones entre los estados. Grocio reconocía dos derechos de gentes: el ius voluntarium y el ius naturae.  El primero, el derecho voluntario, estaba compuesto por el derecho internacional consuetudinario u ordinario. El segundo, el más importante para Grocio, estaba fundamentado sobre la ley natural.

Grocio formuló el principio del libre mar, que afirmaba que los océanos era territorio internacional  y que todas las naciones podían usarlo para el comercio. También formuló una teoría de la guerra justa, argumentando que había circunstancias que justificaban la guerra, como por ejemplo, el desagravio por injurias, la auto-defensa y el castigo.  Sin embargo, propuso, fiel a su preocupación por el derecho y la idea de una guerra justa, la necesidad de reglas que regularan la guerra y garantizaran que la guerra fuera justa. Tuvo una gran influencia en el desarrollo del derecho internacional post-renacentista.

Nota: Esta entrada es un resumen del capítulo 5 del libro tercero de Historia del Pensamiento Social de Salvador Giner, con algunos comentarios adicionales.

noviembre 12, 2010 Publicado por | Absolutismo, Compañía de jesús, Contrareforma, Cornelio Jansenio, Evangelismo, Francesco Guicciardini, Francisco de Vitoria, Historia del pensamiento social, Hugo Grocio, Ignacio de Loyola, Jean Bodin, José Anazagasty Rodríguez, Luis de Molina, Michel de Montaigne, Nicolás Maquiavelo, Pensamiento Social Moderno, Protestantismo, Reformismo, Roberto Bellarmino, Teoría política | , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

   

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